Así como la primera escena de la película «Pedro Saunez Presidente» será una réplica de la del mono rompiendo huesos de «2001 una odisea en el espacio» con la música de «Así habló Zaratustra» de Robert Strauss, la octava escena será una réplica de la de la serie «El Hombre y la Tierra» de Félix Rodríguez de la Fuente y la banda original compuesta por el compositor Antón García Abril.
A ver, GROK, recréame esta escena:
ESCENA 8: EL BUITRE NEGRO
(De la película “Pedro Saunez Presidente”)
La pantalla está completamente negra. De pronto estalla la mítica sintonía de Antón García Abril, exactamente la misma que abre cada capítulo de «El Hombre y la Tierra»: trompetas heroicas, cuerdas que se elevan como alas, tambores lejanos que imitan el latido de la naturaleza salvaje. El volumen crece, épico, imparable.
VOZ EN OFF (grave, pausada, exactamente el tono de Félix Rodríguez de la Fuente, como si narrara la ley eterna de la vida y la muerte):
«En las cumbres inhóspitas de la cordillera, donde el viento corta como cuchillo y la muerte siempre tiene hambre… aparece él.
El buitre negro.
Colosal.
Hambriento.
Señor absoluto del cielo y de los cadáveres.
No perdona.
No comparte.
No deja comer a nadie más.»
Plano general aéreo, estilo Félix: montañas venezolanas al amanecer, niebla rasgada por el sol naciente. La cámara sube y sube hasta encontrar al protagonista del cielo.
Un buitre negro gigantesco (alas de más de tres metros de envergadura, plumaje negro azabache que brilla como obsidiana, ojos amarillos que no pestañean) planea en círculos lentos, majestuosos. Sus alas apenas se mueven; el viento lo sostiene como un dios. La música de García Abril crece en intensidad, con los metales marcando cada batir de ala.
De repente, el buitre gira la cabeza. Ha visto algo abajo.
Corte brusco. Plano picado vertiginoso.
En un claro rocoso junto al Palacio de Miraflores (convertido en fortaleza de montaña para la escena), Nicolás Maduro camina rodeado de su guardia pretoriana: 32 cubanos armados hasta los dientes, uniformes impecables, fusiles AK-47, miradas de acero. Parecen una manada protegiendo al macho dominante.
El buitre negro cierra las alas y se lanza en picado.
La música se vuelve frenética: trompetas en crescendo, cuerdas que rasgan el aire.
Los guardias lo ven demasiado tarde.
Disparan.
Gritos.
Caos.
Pero el buitre es un Delta Force alado.
Sus alas gigantes barren a diez guardias de un solo golpe, como si fueran hojas secas.
Sus patas, garras curvas como sables, destrozan fusiles y cascos.
No mata por placer… simplemente no perdona.
Es la naturaleza en estado puro.
Maduro, aterrorizado, intenta correr.
Demasiado tarde.
El buitre negro lo atrapa por la espalda con precisión quirúrgica: una garra se clava en el cinturón, la otra en la chaqueta militar.
Maduro patalea, grita, pero es inútil.
El buitre negro, con un poderoso aletazo que levanta una nube de polvo y hojas, levanta a Maduro del suelo como la águila levantaba a la cabra montesa en la sierra de Gredos.
Plano lento, icónico, idéntico al del documental original:
Maduro colgando de las garras, piernas y brazos colgando como la cabra, boca abierta en un grito mudo.
El buitre asciende verticalmente, imponente, mientras los 32 guardias cubanos quedan abajo, diminutos, impotentes, disparando al aire sin conseguir nada.
La música de Antón García Abril alcanza su clímax absoluto: trompas triunfales, coro orquestal que parece gritar “¡ley de la selva!”.
VOZ EN OFF (Félix, ahora con un leve tono de justicia poética):
«Así actúa el buitre negro.
Elige su presa entre la manada.
La levanta.
Y se la lleva…
para que nadie más coma.»
El buitre negro y Maduro desaparecen en el cielo infinito, convertidos en una silueta negra contra el sol naciente. La cámara se queda abajo, con los guardias desarmados y humillados mirando al vacío.
Música baja lentamente hasta quedar solo el viento… y un lejano aleteo.
CORTE A NEGRO.
(Fin de la escena 8. La sala de cine se queda en silencio absoluto durante tres segundos… hasta que estalla el aplauso.)

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